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TERMALISMO EN EL CAMINO DE SANTIAGO

 

Desde la antigüedad , el agua de los manantiales termales han tenido un valor esencial en la vida del hombre. En la edad media, los peregrinos a Santiago buscaban ante todo la salud del alma pero sin duda muchos de ellos encontrarían tiempo para acercarse a las fuentes salutíferas que existen a lo largo del Camino.

Desde Roncesvalles a Compostela, recorrían la vía jacobea plagada de iglesias, albergues y monasterios, auténticas obras de arte. Al peregrino de hoy le proponemos aprovechar estos itinerarios para descubrir las termas o el Balneario para disfrutar sus próximas vacaciones.

A partir del Año 950, con la llegada a Santiago del obispo francés Godescalco de Puy, el primer peregrino de cuya visita al sepulcro del Apóstol hay constancia histórica, el Camino de Santiago ya es una realidad en constante auge durante sus dos primeros siglos de consolidación, en los que se fijan una serie de rutas con mayor éxito que otras, se levantan puentes, se construyen albergues, hospitales, monasterios e incluso pueblos íntimamente ligados a la existencia del Camino, para atender las necesidades comerciales y asistenciales de lo que empieza a ser una auténtica riada humana.

Los privilegios reales llegan a favorecer directamente el asentamiento de colonos, sobre todo francos, en estos núcleos itinerantes, como fueron Estella, Santo Domingo de la Calzada, Puente la Reina e infinidad de pequeños lugares que todavía llevan el apelativo "del Camino" en sus topónimos. Paso definitivo fue el establecimiento en la península de la orden francesa de Cluny, que creó una auténtica infraestructura asistencial a lo largo de la Ruta Jacobea.

Tal infraestructura se complementó con la creación de la Orden Militar de Santiago para la defensa de los peregrinos, lo que contribuyó a la seguridad de los devotos viajeros, constantemente amenazados por los bandidos, salteadores de caminos, pícaros hoteleros y por las propias inclemencias meteorológicas que hacían perecer entre la nieve, el agua y el frío a no pocos romeros; lo demuestran los abundantes cementerios de peregrinos distribuidos a lo largo del Camino Francés.

La "Guía del peregrino de Santiago de Compostela" del monje francés Aymeric Picaud, escrita hacia el año 1140 e incluida en el libro V del "Codex Calixtinus", también llamado "Liber Sancti Jacobi", está considerada como la primera guía turística del mundo. Incluye un pormenorizado y exacto estudio de la Ruta Jacobea, con una visión muy particular y nada favorable por cierto, de los pueblos ibéricos que atravesaba el Camino, reflejaba en gran cantidad de detalles anecdóticos, descripciones de pueblos, avisos de peligros, etcétera, que actualmente son el mejor testimonio para el estudio de aquella etapa histórica.

Picaud dividía el itinerario, a través del " Camino Francés", en trece etapas perfectamente delimitadas, cada una de las cuales se hacía en varios días, según el ánimo de cada grupo de peregrinos, a razón de unos 35 kilómetros diarios a pie, o casi el doble si era el caballo el medio de locomoción elegido. Señala las distancias entre pueblos, los santuarios y monumentos del trayecto, e incluye observaciones sobre gastronomía, potabilidad de las aguas, carácter de las gentes y costumbres de los pueblos, así como un interesantísimo pequeño vocabulario vasco, primer testimonio escrito de esta antigua lengua.

Hospitales en la Ruta Jacobea

Santiago llegó a ser el Santo más popular de la Edad Media y del Renacimiento. Era una época en que las reliquias ejercían un atractivo especial sobre los cristianos pudientes, a quienes prestigiaba socialmente el hecho de abandonar el trabajo y la familia para venerar determinadas reliquias.

Una época en la que la peregrinación era el único medio para la reinserción social de los delincuentes y pecadores, penados por los intransigentes tribunales eclesiásticos a recorrer el largo Camino a Compostela. Algo que, de forma residual, continúa vigente en la legislación de Bélgica y de los Países Bajos para determinados delitos protagonizados por menores.

Para emprender el viaje, que siempre se hacía colectivamente, en pequeños grupos, para evitar los peligros del camino se reunían los romeros de una misma comarca o ciudad, según el medio de locomoción a emplear: a pie o a caballo. Para facilitar su paso por distintos países, solían hacerse, en su centro religioso correspondiente, con los documentos acreditativos para el viaje que iban a emprender, así como las cartas de recomendación para los avatares del camino.

En líneas generales, la indumentaria del peregrino está perfectamente reconocida en la iconografía jacobea, que representa la figura del romero con siete elementos que completan la identificación del caminante a lo largo de más de mil kilómetros de recorrido y que son: el sombrero de ala ancha, para protegerse del sol y la lluvia; el abrigo con esclavina, para defenderse del frío y de la nieve ; un calzado fuerte, para resistir millones de pisadas sobre las piedras del camino; el bordón, que los protegía contra las fieras y les servía de apoyo; la calabaza, en la que conservar el agua o el vino para cada etapa; el zurrón, para portar los alimentos, el dinero y alguna ropa; y la concha venera, sobre la frente, sujetando el ala ancha del sombrero.

Con este aspecto, el peregrino tenía libre el Camino y era bien acogido en los numerosos albergues del recorrido, en los que se facilitaba todo tipo de atenciones y una alimentación de acuerdo con las dotaciones económicas de cada hospital, asistencia religiosa e incluso médica.

A lo largo del Camino de Santiago hemos comprobado la existencia de cientos de hospitales que servían de albergue a los peregrinos, pero también de lugar de reposo y cura para los caminantes afectados por los grandes males de la Edad Media. Algunos incluso, especializados en tipos de enfermedades endémicas durante la época, como la lepra, cuyos enfermos eran atendidos en múltiples lazaretos de la ruta, o al llamado "fuego de San Antón", en cuya curación estaban especializados los Antoninos.

No es de extrañar, por tanto, que la presencia de numerosos enfermos en la ruta jacobea, no ya por males inducidos por las creencias del medievo y por las dificultades del camino, sino por la abundancia de enfermos crónicos, desahuciado, poseídos y lisiados de todo tipo que acudían al santuario del Apóstol en busca de un milagro curativo.

La proliferación en los grandes núcleos de pequeños hospitales, en general cortos de recursos, indujo a principios del siglo XVI a diversos intentos de fusionarlos o concentrarlos en unos pocos y mayores. Dichos intentos, a pesar de contar con el respaldo de los reyes, encontraron en general mucha resistencia, pues las cofradías defendían sus hospitales como legítimas propiedades particulares que se regían por ordenanzas que habían recibido la aprobación superior.

Por ejemplo, los Reyes Católicos, al fundar el famoso hospital de Santiago, que lleva su nombre, pretendieron suprimir tres hospitales de dicha ciudad e incorporar sus rentas y bienes a ese gran hospital; en 1546, cuarenta y cinco años de las obras, todavía no se había logrado dicha anexión.

El Hospital Real, hoy convertido en Hostal de los Reyes Católicos, comenzó su construcción en 1501. Inicialmente se proyectó sólo con dos patios y luego se añadieron los otros dos, formándose así la luz central que aparece mucho más nítida en otros hospitales construidos por el mismo arquitecto, Enrique Egas.

A veces, cofradías poderosas llegaban incluso a mantener un hospital al servicio de los peregrinos lejos de su propia ciudad. Como es el caso de la cofradía gremial de los plateros de Santiago de Compostela que poseía un hospital al pie del Camino junto al puente de Ribadiso, a más de treinta kilómetros de distancia de la capital gallega.

El impulso de las cofradías multiplicó el número de hospitales, hasta el punto que llegaron a existir de veinticinco a treinta y dos en Burgos, veinticinco en Astorga y diecisiete en León. A la par que los hospitales se multiplicaban, comenzaba paralelamente un lento proceso de especialización.

En el siglo XI se fundan dos órdenes religiosas, las de San Lázaro y San Antón, destinadas específicamente a atender dos enfermedades muy concretas: la lepra y el fuego de San Antón, que era una especie de gangrena dolorosa que hizo su aparición en el siglo X , y que producía en sus víctimas la sensación de un fuego abrasador. Los establecimientos de estas órdenes recibieron una denominación "equívoca" , a veces se llamaban "malaterías"- término que alude a una función mucho más específica que la de los antiguos hospitales- y otras se llamaban, simplemente, hospitales.

Enfermedad e higiene

Aymeric Picaud, autor del "Calixtinus" nos dice a este respecto que "así como entre los patriarcas distinguió Dios a Abraham, Isaac y Jacob, entre los doce apóstoles eligió a Santiago, a Pedro y a Juan, para hacerles testigos de hechos singulares y descubrirles de una manera más plena que a los demás sus secretos : la resurreción de la hija del archisinagogo, la transfiguración del tabor y la agonía del huerto de los olivos, todo ello sin dejar de reconocer que Dios dio a los apóstoles poder para curar las enfermedades y arrojar los demonios".

El autor del "Liber Sancti Jacobi", con la intención de promocionar el santuario de Compostela, relata algunas de las enfermedades curadas por Santiago, afirmando que "devolvía la vista a los ciegos, el habla a los mudos, la vida a los muertos y curaba a las gentes de toda clase de enfermedades para gloria y alabanza de Cristo". Lograba todo esto el Apóstol "no con algunos medicamentos o purgantes o composiciones o jarabes ó diversos emplastos, pociones o soluciones, vomitivos u otros antídotos de los médicos, sino por la acostumbrada gracia de Dios que Dios le concedía".

Añade el monje cluniacense toda una relación de pacientes de calamitosas enfermedades susceptibles de curación por Santiago: "leprosos, frenéticos, nefríticos, maniosos, sarnosos, artéticos, tísicos, desentéricos, hictéricos, lunáticos reumosos y enfermos de muchas otras enfermedades".

La propia peregrinación debido a la aglomeración de los peregrinos en albergues y hospitales, iglesias y ermitas, favoreció la propagación de epidemias que, además, encontraban en la falta de higiene un excelente caldo de cultivo. Tanto que las fuentes y algunos ríos son los únicos puntos en los que los peregrinos se aseaban parcialmente, siendo contados los lugares que se han destacado por esta práctica.

Pestes y contagios

En el "Liber Santi Jacobi" se indica cómo los peregrinos franceses, al llegar a un río distante dos millas de la ciudad de Santiago, "en el lugar llamado Lavamentula-Lavacolla, despojados de sus vestidos, lavaban allí todo su cuerpo."En el hospital de Roncesvalles se afeitaba a los peregrinos con navaja, y una vez lavadas sus cabezas, se les cortaba el pelo. Era uno de los pocos en los que existían "refectorios lavados por aguas corrientes y baños preparados para que los que lo pedían pudiesen lavar su cuerpo" y, al parecer, el baño no tenía demasiada demanda entre los romeros.

La mayor parte de los albergues de la ruta carecían de este servicio, predominando la falta de higiene. Tanto que los administradores de los hospitales mostraban gran celo en recoger los despojos de los peregrinos fallecidos a resultas de cualquier enfermedad. En estas circunstancias no era raro que proliferaran las epidemias.

Así lo reconocen las "Constituciones del Hospital Real de Santiago", del año 1590, en su mandato LXXI, al decirnos que en su recogimiento " había mucho descuido", agregando que "han estado los pocos peregrinos con poco de limpieza y aseo y falta de camas y las demás ropas", por lo que se ordena al administrador que extreme su vigilancia para evitarlo. Una preocupación que no existió en ninguna de las instituciones hospitalarias del Camino antes del siglo XVI.

Las autoridades de las ciudades por las que atraviesa el Camino, dictaron disposiciones para erradicar la presencia de apestados; unas reglas que se endurecían en tiempos de epidemias y que se cebaban en los leprosos a los que se les echaba de las ciudades y, en caso de reincidir, como ocurría en Oviedo, eran, primero apaleados y, luego, quemados públicamente.

En este sentido, cabe destacar la disposición del regidor de León, Pedro Castañón, en 1577, en virtud de la cual mandó buscar un hombre o dos, que habían de permanecer vigilando los puentes de San Marcos y Rodrigo Justez, prohibiendo "entrar en esa ciudad ningún peregrino ni pobre que vengan de Galicia y Santiago por cuanto se a entendido la tierra está enferma de enfermedad de peste...".

En la misma ciudad de León, en el año 1556, entró un peregrino enfermo en el Hospital de San Marcos que falleció al día siguiente. Acababa de fallecer cuando el licenciado Coromines llegó a visitarle, averiguando "que tras de la oreja izquierda tenía un nacido de que murió".

Coromines dictaminó que había muerto de pestilencia, cerrándose el hospital y obligando a todos los enfermos a salir de la ciudad, prohibiéndoles entrar bajo pena de cien azotes y se acordó que los guardas de las puertas no dejasen entrar "ningún peregrino ni pobre extranjero ni forastero, so pena de diez mil maravedís".

Pese al baño que se daban los peregrinos a las puertas de Compostela, no es extraño que las autoridades de la basílica del Apóstol ideasen el "Botafumeiro" que, a modo de gigante incensario, se encargaba de mantener perfumado el templo ante el que se agolpaban los peregrinos. Ni que la Iglesia de Santiago instituyese , al menos en momentos de grandes pestes, la donación de nuevas vestimentas y al quemado obligatorio de las ropas de los romeros ante la denominada "Cruz dos Farrapos" (Cruz de harapos), situada en el tejado de la Catedral, sobre la girola.

Señalar que antes, como ahora, los peregrinos que acreditaban haber recorrido el Camino de Santiago, recibían la "Compostelana" y eran acogidos en los hospitales y albergues de la ruta, especialmente en el Hospital Real de Compostela, donde al menos por tres días, recibían todo tipo de atenciones, incluida la alimentación y vestimenta, cuando no era necesario su restablecimiento de alguna de las enfermedades adquiridas durante el trayecto.

La red de caminos jacobeos a Santiago, por su función difusora y creadora de una identidad común entre los pueblos del viejo continente, fue ratificado como primer Itinerario Cultural Europeo en 1987 por el Consejo de Europa.

BALNEARIOS DEL CAMINO FRANCÉS
www.panticosa.com
www.balnearioarnedillo.com
www.balneariopuenteviesgo.com
www.fitero.com/balneario
www.grupocastelar.com
www.balneariocaldasdeluna.com
www.balneariodelugo.com
www.balnearioseron.com


Este artículo fué Premio "Vieiragrino" de Relatos Cortos convocado por la
Asociación Valenciana de Amigos del Camino de Santiago

MAYTE SUÁREZ SANTOS.
Divulgadora científica . Especialista en Medicina y Termalismo
Presidenta Asociación Española Amigos de las Termas

 
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